En una de las calles céntricas de Managua mientras esperaba bajo la luz de una luna llena que irradiaba un brillo sin cesar y encajaba perfecto en la noche fresca de diciembre; el reloj marcó las 8:05 p.m., me dirigía a mi casa junto con mi tía Janireth y mi padrino Alejandro en una camioneta, cuando el semáforo indicó con su luz roja que debíamos detenernos.
Entonces, inició
aquella escena tan cotidiana, pero a la vez impactante ante mis ojos. Un niño
de aproximadamente 8 años, llevaba en sus manos una botella plástica con agua de tono celeste pálido que me hizo concluir el poco jabón que tenía , acompañado de un limpia parabrisas; se acercó a una camioneta Prado de color negro con vidrios
polarizados, que estaba por delante de nosotros.
El chavalo se subió
en una de las llantas, se estiró lo más que pudo, para poder limpiar el
parabrisas del auto, pues mide 1.20
metros aproximadamente, tiene cabello castaño, piel curtida por el arduo
trabajo bajo el sol y portaba ropa
desteñida de tanto lavar.
Faltaban 30 segundos
para que el semáforo pasara a verde y así seguir nuestro camino, el niño
terminó rápidamente de limpiar el parabrisas del vehículo, y la dueña del coche
le dio 2 monedas a cambio al infante.
El parabrisas de la
camioneta donde estaba, me sirvió como pantalla de cine para observar el acto
de limpiar el vidrio de aquel coche. De actuación no tenía nada, es la realidad que vive la infancia de nuestro
país para ganarse algunas monedas.
En los ojos de aquel
niño se notaba el cansancio de trabajar todo el día y aun así seguir haciéndolo
una noche fresca de diciembre. Este pequeño debe pasar hambre, sed, frío,
lluvia y situaciones peligrosas que suceden por no tener un hogar digno donde
estar.
Al ver la ingratitud
y la falta de solidaridad de la mujer hacia aquel menor, mi tía se molestó y le
pidió a mi padrino darles todas las monedas que andaban en la cartera, eran más
de 30 córdobas en monedas, si no mal recuerdo, así que mi tío bajó el vidrio de
la camioneta, y movió su mano haciendo señas ágilmente para llamar al niño, le
entregó las monedas y el infante sonrió mostrando gratitud.
La cara de felicidad
del niño cuando estaba contando las monedas, y vio que era más de lo que
esperaba, llenó de dicha a mi tía; aquel infante a como otros que pasan por la
misma situación necesitan de todas las personas que lo rodeamos para salir de
ahí, poder estudiar como cualquier otro chico de su edad y recrearse sanamente
para que tenga una niñez cómoda.
El semáforo por fin
se puso en verde y continuamos hacia nuestro destino, a lo lejos mientras mi tío
conducía, por el vidrio trasero de la camioneta podía ver la enorme sonrisa, de
oreja a oreja que ese niño mostraba, me llenó de felicidad su gesto y asimismo
reflexioné sobre mi vida, pues a veces una no sabe apreciar lo que tiene,
cuando hay otras personas que no tienen nada y necesitan de esas cosas que desvalorizamos.